Bukele tiene razón: el Estado es cómplice del narcotráfico en México

    No se trata de repetir esquemas de otros países, pero sí es recomendable aprender de otras experiencias como la del Salvador.

    Y como concluimos ayer, no se trata de repetir esquemas y políticas públicas de otros países, pero sí es recomendable aprender de otras experiencias como la del Salvador y sacar nuestras propias conclusiones para los problemas de México.

    En nuestro país, el crimen organizado, con su expresión más poderosa, el narcotráfico, ha creado una metástasis criminal en por lo menos 16 estados de la república y en más de 1000 municipios. Esto nos debe colocar en la posición de valorar su origen, tránsito y destino si queremos, como nación, detener ese cáncer criminal y evitar que México sea un estado fallido rendido al crimen organizado.

    El desarrollo del fenómeno del narcotráfico en México ha cursado por múltiples etapas que reflejan la historia y formación del mismo estado mexicano. Desde la Revolución de 1917 hasta la Segunda Guerra Mundial, la actividad criminal relacionada con las drogas comenzó a gestarse principalmente tras el establecimiento de la prohibición del cultivo y tráfico de estupefacientes. Antes de este periodo, aunque no existía un marco normativo que regulara la materia, el gobierno mexicano y el Ejército controlaban su producción, en gran medida para satisfacer la demanda del Ejército estadounidense durante la Primera y Segunda Guerra Mundial.

    La situación cambió drásticamente en 1953, año en que el gobierno mexicano instauró una campaña permanente de erradicación de cultivos de estupefacientes. Se llevaron a cabo brigadas de destrucción de plantíos en diversas regiones, con especial énfasis en Sinaloa. Este esfuerzo, sin embargo, fue insuficiente para frenar el auge de las actividades ilícitas. El regreso de Estados Unidos a la confrontación bélica en Vietnam en 1965 reavivó los nichos residuales del narcotráfico que habían permanecido latentes, transformando el panorama delictivo en México.

    Entre 1965 y 1975, el narcotráfico experimentó un crecimiento exponencial. La derrota de Estados Unidos en Vietnam marcó un punto de inflexión, y el auge del narcotráfico se volvió irrefrenable. Este periodo dio lugar a la implementación de la “Operación Cóndor”, en colaboración con Estados Unidos; sin embargo, la estructura del narcotráfico ya había mutado. La aparición de la cocaína como una droga más lucrativa que la morfina y la heroína marcó un cambio radical en el mercado de estupefacientes. Colombia, Ecuador y Perú emergieron como potencias productoras de esta sustancia.

    En el ámbito político, el mundo estaba en plena transformación. El fin del colonialismo y la liberación de varios países de yugos imperialistas alteraron el escenario geopolítico. La revolución cubana y los sucesos en Nicaragua en 1979, junto con la guerra civil en El Salvador, obligaron al gobierno de Estados Unidos a revaluar sus estrategias. La respuesta fue fortalecer la alianza con los grupos narcotraficantes mexicanos, quienes se convirtieron en los principales distribuidores de cocaína, aprovechando su posición geográfica y el vasto territorio de 3000 km de frontera con Estados Unidos.

    Con el respaldo tácito de Estados Unidos, surgieron cárteles poderosos como el de Guadalajara y el del Golfo, capaces de monopolizar el negocio del narcotráfico. La creciente demanda y el consumo interno de drogas impulsaron aún más la actividad de estos grupos criminales. De hecho, en los años 80, se creó un campamento masivo para el cultivo de marihuana conocido como “El Búfalo”, que abarcaba 5 mil hectáreas, testimoniando la magnitud del problema.

    La situación se tornó crítica a medida que ambos países, México como productor y Estados Unidos como consumidor, establecieron una trilogía dañina en la cual ambos comparten responsabilidades en la evolución del narcotráfico. Este vínculo se ve amenazado por la llegada de nuevas drogas sintéticas, que complican aún más la regulación del mercado de estupefacientes.

    Por tanto, es evidente que la crisis del narcotráfico en México no es únicamente un problema nacional, sino que tiene repercusiones directas para Estados Unidos. Si no se aborda adecuadamente, la metástasis del narcotráfico podría expandirse más allá de la frontera, afectando directamente a la seguridad y estabilidad estadounidenses. De esta manera, la solución a la crisis en México es esencial no solo para el bienestar de sus ciudadanos, sino también para la seguridad continental.

    La cooperación bilateral se vuelve indispensable para enfrentar esta crisis compartida. Aprender de experiencias internacionales, como la del Salvador, puede proporcionar lecciones valiosas. No se trata de replicar modelos, sino de adaptar estrategias efectivas a la realidad mexicana. Solo así podremos comenzar a desmantelar las estructuras criminales que han tomado fuerza en nuestro país. La historia demuestra que los caminos a seguir son complejos, pero el desafío de recuperar el control social y estatal es urgente y necesario.

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