«Sin arrepentimiento»: Rodrigo de 19 secuestraba y torturaba por 4 mil a la semana

Tras su segunda condena, Rodrigo, de 19 años, confiesa que torturaba por 4 mil semanales. Expertos alertan sobre el fracaso de la reinserción juvenil en México.

«Rodrigo», de 19 años, secuestraba y torturaba por 4 mil pesos a la semana en Ciudad Juárez, tras más de un año de condena dice no arrepentirse. Una historia que no solo nos habla de la falta de empatía, sino del precio y costo de la vida.

A un año y ocho meses de su segunda condena en el Centro de Reinserción Social para Adolescentes Infractores (Cersai) Número 2, el joven aseguró en entrevista con EL UNIVERSAL no arrepentirse de sus crímenes.

Aunque Rodrigo no siente arrepentimiento, ya no puede volver a ver a sus familiares o amigos como antes, ya no puede elegir qué comer, ni ve la ausencia de él mismo en su hogar, ni el esfuerzo de sus cercanos realizando los trámites por su proceso penal. Y para las víctimas —aquellas personas que fueron secuestradas, torturadas y que quizás aún viven con el trauma—, la impunidad y/o la falta de arrepentimiento de su agresor representan una doble revictimización.

¿Quién paga los daños psicológicos y médicos? ¿El desvelo y el llanto de aquellos a quienes les han arrebatado a un ser querido? Cada declaración como la de este joven duele como un recordatorio de que el sistema judicial aún puede mejorar. El reto de la reinserción social es monumental: requiere programas de salud mental efectivos, separación de internos por perfil delictivo, capacitación laboral real y, sobre todo, un acompañamiento postpenitenciario que evite la reincidencia.

Mientras no exista una política de prevención desde la infancia, historias como la de Rodrigo seguirán repitiéndose, y las víctimas seguirán esperando justicia que no llega.

El crimen, la reinserción social y la incursión de jóvenes en grupos delictivos

Rodrigo, que solicitó ocultar su identidad por seguridad, creció en la colonia Aztecas, una de las zonas más conflictivas de la frontera. Sus andanzas delictivas comenzaron a los 14 años cuando participó en un homicidio, lo que le valió su primer internamiento a los 15 años.

Aunque su primera condena fue corta, al salir se involucró con el crimen organizado, donde fue utilizado como cuidador y torturador de personas secuestradas en casas de seguridad.

«Las malas amistades» y el crimen en los jóvenes mexicanos

El joven asegura que sus amigos de la infancia y el barrio lo fueron involucrando poco a poco. «Son las malas amistades, en el círculo social donde te juntas. Al inicio más que nada era adrenalina, uno lo gozaba», confiesa Rodrigo al periódico.

Aunque ahora piensa en reintegrarse a su familia y continuar estudiando, es contundente: «No me arrepiento, ya lo hecho, hecho está».

Actualmente, Rodrigo se encuentra interno junto con otros 81 jóvenes que han cometido asesinato, secuestro, violencia sexual o feminicidio. Ahora, sus días transcurren en jornadas que inician a las 5:30 de la mañana, estudiando y aprendiendo oficios, mientras que solo el fin de semana recibe la visita de su madre.

El problema de fondo: familias rotas, entornos violentos y una justicia que no reinserta

Detrás de la frialdad de Rodrigo hay una historia que no justifica el delito, pero sí obliga a mirar el contexto. Crecer en una colonia marginada, con escasa presencia del Estado, normalización de la violencia y ausencia de oportunidades, es el caldo de cultivo para que miles de jóvenes como él terminen en manos del crimen organizado.

La familia, muchas veces rebasada o ausente, no logra contener el reclutamiento. Y el sistema de justicia penal adolescente, en ocasiones en vez de rehabilitar, se convierte en una «escuela del crimen» donde los menores salen más violentos y con más contactos criminales.

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